Asumirse troll. El colmo del influencer.
Los llamados trolls de internet buscan generar polémica a través de contenido irritante y provocativo. Pero, ¿por qué les decimos trolls?
Si hacemos una búsqueda en internet, caemos rápidamente en el fake de que los trolls de internet se relacionan con mitológicas criaturas que habitan bosques nórdicos. A contramano de esta interpretación: trolear tiene su origen en la acción de un barco que arrastra señuelos al navegar. El trolling es, literalmente, una técnica de pesca. Su objetivo es despertar el instinto cazador de los peces mediante señuelos que imitan a sus presas, provocando así que muerdan el anzuelo.
Sabemos que por las redes transitan una infinidad de personas irritables, como es el caso del hater. El oficio del troll es generar contenido irritante, con el fin de incrementar su interacción. Así, hater y troll se relacionan íntimamente en redes sociales: si el troll es una suerte de pescador, el hater es uno de sus pescados favoritos. Por más perturbadora que pueda parecer la idea de las granjas de trolls que azotan las redes sociales, el trolling fishing nos da una interpretación más verdadera, y también más inquietante.
Hooks, literalmente anzuelos, para enganchar usuarios en los primeros segundos del video. Como los peces que van tras el señuelo, las redes nos dan la posibilidad de convertirnos en seguidores apretando un botón. Como vemos gran parte de la retórica de las redes sociales remite a la imagen del trolling fishing. Sin embargo, solo aquellos que llamamos trolls cargan además con cierto estigma social. Pero, ¿por qué? A diferencia de otros actores de las redes sociales, llamamos trolls a quienes no tienen buenas intenciones o no juegan limpio. Siempre hay cierto carácter moralmente reprobable en la acción que caratulamos como troleo. Como pasa con el hateo, todos podemos encontrarnos a nosotros mismos practicándolo, cualquiera puede trolear. La principal diferencia entre hatear y trolear es que el hateo puede hacerse de manera ingenua, mientras que trolear siempre se hace adrede, y a menudo se quiere ocultar que fue esa la intención. A menos que quien trolea persiga con su gesto cierto efecto irónico, por lo general el troll vela de algún modo su intención de trolear. Recientemente, la ex Twitter tomó una reveladora política anti trolls. Al hacer pública la información acerca del país en el que cada cuenta ha sido creada, quedaron en evidencia un sinnúmero de cuentas troll.
Adalides del supremacismo blanco norteamericano con base en India, xenófobos partidarios de Vox que viven en Perú, partisanos de America First que escriben desde Nigeria. Más allá de lo pintoresco de los ejemplos, esto nos habla de algo inherente al posicionamiento del troll, que hace que sus enunciados sean socavados al mismo tiempo que los afirma. Si corremos los velos que ocultan los pormenores del posicionamiento del troll, sus enunciados pierden entonces toda verosimilitud. Pero, ¿cuánto les tomará a los trolls del mundo remendar sus velos, conseguir nuevas cuentas y VPN para renovar así sus credenciales del mundo digital, y continuar entonces su innoble tarea? Más temprano que tarde eso sucede, y quien queda en tela de juicio ya no son las cuentas trolls, sino la verosimilitud de la red social en su conjunto. Como usuarios de estas redes sociales de plataforma, y a sabiendas de lo infestadas de trolls que están nuestra ágoras digitales, ¿cuánto tiempo podemos seguir confiando y participando en ellas?
¿Qué sentido tiene discutir con alguien que posiblemente no busca enriquecer su punto de vista al contraponerlo con el nuestro, sino que busca nuestra más cruda y binaria interacción. ¿Qué sentido tiene argumentar si el interlocutor no persigue nada parecido a la verdad o a la razón? El troll no quiere tener razón, ni siquiera le interesa argumentar, todo lo que hace tiene que ser leído como una perversa invitación a la interacción. Un bot de carne y hueso que quiere captar nuestra atención.
Resulta perturbador pensar que la operatoria del troll no difiere en gran medida de la de otros influencers. Porque sí, el troll es eso, otro influencer más. Ya sea con buena fe (como el honesto divulgador científico) o con mala fe como el troll, lo que buscan todos los que entran al juego de las redes sociales es enganchar usuarios para que sigan su barquito. Así, la imagen del trolling fishing, no solo describe al troll, sino a cualquier influencer en general.
En este escenario, quien persigue la interacción a cualquier costo y alcanza así el “no va más” de la lógica interactiva de las redes sociales es el troll. Al aprovechar cada resquicio que evidencian las reglas del juego de las redes globales de plataforma, con su participación el troll horada las bases de las mismas. Los contenidos y comentarios polémicos e irritantes que lanzan los trolls a las redes buscan enganchar usuarios ingenuos y reaccionarios como el hater, propensos a morder los anzuelos del troll y regalarle así su atención e interacción.
Más que criptos, lo que busca minar el troll es la interacción digital, sin importar la bajeza de las estrategias a las que apela para conseguirlo. Pescador, minero, ser troll es un oficio, un obrero de las redes, cuya renta depende directamente de la interacción que consiga.
Pero el troll no es el único personaje que persigue la interacción apelando a las artes oscuras. Hijo de los Mass media que poco a poco migra a las redes sociales, nuestro próximo arquetipo es el analfabeto locuaz.
Santiago Franco. Tromø. Enero de 2025